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Mayo 2003
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Rechazo e inmunosupresión

Epígrafe Inmunología básica de los trasplantes
Epígrafe Rechazo de órgano
Epígrafe Prevención del rechazo del injerto
Epígrafe Inmunosupresión

Epígrafe  Inmunología básica de los trasplantes

El correcto manejo de los inmunosupresores que hoy día se emplean en los trasplantes exige comprender los distintos mecanismos de acción de los mismos, para lo cual hay que conocer, la compleja organización y funcionamiento del sistema inmunológico. El sistema inmunológico tiene por finalidad fundamental proteger a nuestro organismo de toda sustancia extraña a él, para lo cual debe ser capaz de distinguir entre lo propio y no propio y de eliminar la sustancia considerada como extraña. 

Tras largos años de investigación hoy se sabe que todas la células nucleadas poseen unos marcadores de superficie que son reconocidos como extraños al inocularse o trasplantarse a otro sujeto. Estos marcadores reciben el nombre de antígenos (Ag) de histocompatibilidad o antígenos de trasplante y proporcionan a los tejidos de cada individuo unas características únicas que lo diferencian de los demás.

Tres grupos de antígenos expresados en las membranas celulares, están implicados en los mecanismos inmunológicos del rechazo:
  1. Antígeno del Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC) Son los más poderosos en cuanto a la definición de la histocompatibilidad y son expresados a partir de una región del cromosoma 6 denominada complejo mayor de histocompatibilidad (MHC, del inglés major histocompatibility complex). En el hombre, los marcadores generados por la región MHC se estudiaron en los leucocitos y por eso se denominan antígenos de leucocitos humanos (HLA, del inglés human leucocyte antigen). Los genes ubicados en la región MHC se dividen en clases I, II y III. Las MCI se detectan en la superficie de casi todas las células nucleadas, en tanto que las MCII son encontradas solamente en las células propias del sistema inmunológico (macrófagos, linfocitos B y T, células dendríticas).

    La función de las moléculas generadas por el sistema HLA es presentar antígenos a los linfocitos T. Las MCI toman muestras de proteinas citosólicas endógenas producidas por la misma célula o por agentes que la han invadido (virus, bacterias intracelulares, etc.) y las presentan, junto a ellas, en la membrana, anclándose en la hendidura que antes referimos. Estos complejos MCI-péptido son continuamente inspeccionados por linfocitos T citotóxicos CD8+, los cuales si no reconocen como propio al antígeno se activan y destruyen a la célula que está sintetizando antígenos extraños al organismo. 

  2. Antígenos de los Grupos Sanguíneos
  3. Los antígenos de los grupos eritrocitarios ABO son también unos potentes Ag de trasplante. Su importancia estriba en su ubicación en los endotelios vasculares de diversos órganos. Si se trasplanta un órgano a un individuo ABO incompatible, los Ac naturales (isoaglutininas Anti A y/o anti B) del receptor producen una lesión en el endotelio del órgano trasplantado, que conduce al rechazo. 

  4. Antígenos Menores de Histocompatibilidad Se trata de moléculas alélicas que establecen diferencias entre individuos con un MCH muy parecido. Se trata fundamentalmente de Ag expresados en los endotelios y monocitos del donante. La respuesta inmunitaria que producen es muy similar a la surgida frente a Ag extraños. El papel de estos antígenos es variable según el órgano trasplantado.

    Cuando se efectúa un trasplante se están introduciendo en el receptor células de donante con Ag de histocompatibilidad distintos a los del receptor. Las células presentadoras de antígenos (CPA) del órgano donado, muy probablemente células dendríticas, presentan sus MCII junto con los péptidos antigénicos correspondientes y ello es reconocido como extraño por los linfocitos T CD4+ del receptor que continuamente están circulando por el organismo. Hay también evidencia de que las propias CPA del huésped pueden procesar Ag del donante y presentarlo con sus propias MCII e incluso de que las células T pueden reconocer directamente las MCI y MCII extrañas.

Epígrafe  Rechazo de órgano
Un órgano trasplantado es considerado por el organismo humano como extraño. De este modo, el organismo produce una intensa respuesta inmunitaria contra el nuevo órgano intentando rechazarlo.

Pero el desarrollo de inmunosupresores -fármacos diseñados para inhibir la respuesta inmunitaria natural del organismo y evitar el rechazo del nuevo órgano- y el continuo avance en este tipo de fármacos ha logrado que el trasplante se convirtiera en la terapia rutinaria y altamente eficaz que es hoy en día.

Después de un trasplante de órgano, se pueden producir tres formas de rechazo. La incidencia de rechazo varía, según el órgano, entre el 30 y el 60% pero los episodios de rechazo no significan necesariamente la pérdida del órgano. Más del 90% de los rechazos agudos pueden tratarse con éxito con las modernas pautas de inmunosupresión.

Cuando iniciamos la inmunosupresión en un paciente trasplantado los objetivos serían:
  1. prevenir el rechazo agudo precoz
  2. prevenir su aparición durante un largo periodo de tiempo
  3. tratar el rechazo agudo y crónico
Además se debe vigilar la toxicidad de los fármacos inmunosupresores y sus efectos secundarios como la infección y neoplasias.

- Rechazo Hiperagudo

Se produce en el plazo de minutos a horas después del restablecimiento de la circulación sanguínea en el injerto y está causado por anticuerpos preexistentes. Actualmente es raro, debido a la selección de tejidos y a las pruebas sanguíneas cruzadas que se realizan para valorar la compatibilidad de un órgano.

- Rechazo Agudo

Se produce habitualmente durante los primeros meses después del trasplante y es bastante habitual. Después de un año del trasplante, el rechazo agudo es menos frecuente.

Se puede sospechar este tipo de rechazo cuando existe un deterioro agudo de la función del órgano trasplantado. La confirmación del diagnóstico de rechazo agudo se realiza mediante biopsia del órgano afectado.

Puede estar asociado con una inmunosupresión muy baja o con enfermedades que provocan inflamación del órgano.

El rechazo agudo es uno de los factores primarios de riesgo de rechazo crónico, pero frecuentemente se puede tratar con las modernas pautas de inmunosupresión.

- Rechazo Crónico

Es la fase en que la función de un órgano trasplantado está crónicamente deteriorada y finalmente puede producirse la pérdida del injerto.

Evoluciona gradualmente durante meses o años. Entre las muchas causas posibles, está la lesión producida durante episodios previos "reversibles" de rechazo agudo.

Se caracteriza por una remodelación de los tejidos (cicatriz del órgano y pérdida de su función). Los anticuerpos y los linfocitos T probablemente tienen un papel importante en el desarrollo de rechazo crónico.

Si bien no existen actualmente opciones inmunosupresoras para 'tratar' el rechazo crónico, las modernas estrategias de optimización del uso de los inmunosupresores y las combinaciones entre ellos están encaminadas a disminuir la tasa de rechazo crónico entre la población trasplantada.

No obstante, otra opción terapéutica utilizada actualmente es la de considerar la posibilidad de un nuevo trasplante, comenzando de nuevo todo el proceso.

Epígrafe  Prevencion del rechazo del injerto
En trasplantes, teóricamente, se podría obtener la tolerancia del injerto por muchos métodos que incluirían:
  1. Destrucción pretrasplante de las células con capacidad inmunológica
  2. Impedir que los Ag sean identificados por las clonas de linfocitos T
  3. Interferir con el procesamiento del Ag por parte de las células del receptor
  4. Inhibir la transformación y proliferación de linfocitos
  5. Limitar la diferenciación de linfocitos a células NK o sintetizadoras de anticuerpos
  6. Activar un número suficiente de linfocitos supresores
  7. Inhibir la destrucción de las células del injerto por los linfocitos citotóxicos o las células NK
  8. Interferir con la combinación de inmunoglobulinas con las células diana de ellas
  9. Evitar el daño tisular
  10. Inducir tolerancia inmunológica
En la práctica, los abordajes a la inmunosupresión se dirigen a modificar la inmunogenicidad del injerto o de las células del receptor implicadas en el rechazo. Clínicamente se emplean agentes, químicos o biológicos, dirigidos a bloquear la respuesta de los linfocitos T.

Epígrafe  Inmunosupresión

Los avances en el campo de la inmunosupresión han contribuido en gran medida al desarrollo y consolidación de muchos programas de trasplante.

El objetivo de la inmunosupresión es inhibir la respuesta del sistema inmunulógico ante la presencia de un elemento extraño. En el caso de los trasplantes, el órgano trasplantado es el elemento extraño, y la respuesta inmune debe modularse con una doble finalidad: por una parte, limitar el fenómeno de rechazo; por otra, garantizar el nivel de defensas naturales suficientes para hacer frente a infecciones. Es por esta razón que a lo largo de la historia las diferentes pautas inmunosupresoras han debido buscar el equilibrio adecuado entre respuesta inmune y profilaxis del rechazo, al tiempo que se investigaba en como limitar los inevitables efectos tóxicos de todo medicamento potente y, a menudo, poco selectivo. Mantener inmunosupresiones muy elevadas de forma crónica implica, a la larga, la aparición de infecciones oportunistas, trastornos linfoproliferativos o incluso diversas formas de cáncer.

La modulación de la respuesta inmune es el objetivo fundamental del tratamiento inmunosupresor. Este se basa en dos conceptos:
  1. suprimir la respuesta del sistema inmunológico contra órganos extraños sin alterar la respuesta contra microorganismos y tumores
  2. revertir la respuesta inmunológica contra un órgano trasplantado (rechazo) una vez iniciada.

Sin embargo esta inmunosupresión ideal no se ha alcanzado aún. De ahí que las pautas de inmunosupresión utilizadas varíen entre los diferentes hospitales trasplantadores, especialmente en cuanto al tiempo de administración, dosis de corticoides y fármacos inmunosupresores utilizados.

Con los tratamientos inmunosupresores utilizados en un inicio se consiguió una inmunosupresión muy inespecífica, por lo que el paciente trasplantado era muy susceptible de padecer infecciones. Estos tratamientos se iniciaron en 1950 con los glucocorticoides. En la década de los sesenta se introdujeron la azatioprina y los anticuerpos policlonales antilinfocitos T. El suero antilinfocitario se obtiene mediante la inmunización de animales con linfocitos T o timocitos.  Veinte años más tarde se introdujo un fármaco que mejoró de forma espectacular la terapia inmunosupresora: la ciclosporina A. Éste es un fármaco sintetizado a partir de un hongo, con el que se consiguió combinar tres factores clave: reducción de la respuesta inmune, limitación de los efectos yatrogénicos y mayor selectividad en su acción sobre las células del sistema inmunitario. A partir del comienzo de los noventa se introdujeron progresivamente los anticuerpos monoclonales anti-CD3 (OKT3) y otros inmunodepresores como el tacrolimus (FK 506) y la rapamicina, que es un antibiótico macrólido.

Los glucocorticoides ejercen su acción fundamentalmente a través de sus efectos antiinflamatorios, si bien actúan también sobre las células T y B. Debido a sus acusados efectos secundarios se tiende a restringir su uso.

Los citostáticos más utilizados, por ser algo selectivos para la serie linfoide, son la ciclofosfamida y la azatioprina. La ciclofosfamida actúa fundamentalmente sobre los linfocitos B, y la azatioprina es un análogo de la 6-mercaptopurina, que actúa inhibiendo el metabolismo de las purinas bloqueando la división celular.

De los inhibidores de la transcripción de interleuquina-2 (IL-2), ciclosporina A y tacrolimus (FK 506), la ciclosporina A es la más eficaz y más empleada en la actualidad. Si bien es algo nefrotóxica a dosis elevadas, su acción inmunodepresora supera ampliamente este inconveniente. Su acción es altamente específica, ya que inhibe la síntesis de la producción de IL-2 en los linfocitos T. Su efecto lo ejerce bloqueando uno de los factores de la transcripción del gen codificante de la IL-2. El inmunosupresor tacrolimus (FK 506) fue descubierto más tarde, y su mecanismo de acción es semejante al de la ciclosporina, aunque ambos tienen una estructura química muy distinta. La ciclosporina es un undecapéptido, mientras que el tacrolimus es un macrólido. Otro fármaco que actúa de forma semejante es la rapamicina, que es un antibiótico macrólido. Este fármaco actúa en el ciclo celular, impidiendo la transducción de la señal de las linfoquinas, y por tanto, impide la producción de IL-1, IL-2, IL-6 e IFN-g.

Los agentes biológicos son anticuerpos (Ac) dirigidos frente a las distintas estructuras expresadas en la superficie de los linfocitos. Inicialmente se obtuvieron anticuerpos policlonales antilinfocitos, para lo cual se inyectaban esplenocitos, timocitos o linfocitos periféricos a conejos, ratones o caballos; estos animales desarrollaban una respuesta inmune de Ac y se les extraía el suero del que se separaba la fracción globulínica extrayendo los Ac frente a hematies, plaquetas, neutrófilos, etc. de forma que el producto final llevaba Ac antilinfocitos (ALG) o antitimocitos (ATG) que era lo que se inyectaba al receptor de un trasplante. Claramente las dianas de estos agentes son múltiples, pudiendo ser cualquier estructura antigénica de la membrana linfocitaria.

Los anticuerpos monoclonales (AcMo), por el contrario, presentan dianas perfectamente definidas. La disponibilidad de AcMo contra antígenos de membrana permitió superar el inconveniente que poseían los sueros antilinfocitarios de reaccionar contra todos los linfocitos y, a menudo, también contra otros elementos hemáticos debido a reactividad cruzada. Estos Ac se producen inmunizando en primer lugar al ratón con linfocitos humanos y a continuación se aislan los linfocitos B del ratón, clonándolos y seleccionando el clon productor de los Ac que nosotros deseamos, el cual se hibrida con una línea celular inmortal, como la del mieloma humano. El hibridoma obtenido se clona para producir grandes cantidades de Ac monoclonales antilinfocito. Con esta tecnología se han desarrollado Ac monoclonales frente a moléculas clave de la superficie de los linfocitos T; el más usado, con diferencia, es el Ac anti-CD3 u OKT3, el cuál se une al CD3 internalizándolo o modulándolo de manera que no se puede transmitir la señal de reconocimiento del Ag . Otras moléculas utilizadas como dianas son el receptor de la IL-2 (IL-2R) expresado en las células T activadas; los Ac anti-IL-2R al inactivar estos receptores, impiden la proliferación y diferenciación linfocitaria. Las cadenas a y b del TCR son las dianas de los nuevos Ac monoclonales BMA031 y T10B9, que han mostrado tanta eficacia como OKT3 y con menos complicaciones infecciosas. También han sido usadas como dianas algunas moléculas de adhesión como la ICAM-1; los Ac anti-ICAM-1 desfuncionalizan estas molécula y se impide una buena coaptación entre CPA y linfocito T que se traduce en un no reconocimiento del Ag. Se han empleado también Ac anti-CD4, los OKT4, con buenos resultados. Virtualmente, pueden producirse Ac monoclonales frente a cualquier estructura de las membranas linfocitarias.

La terapia inmunosupresora se basa en la utilización combinada (doble, triple o cuádruple) de los siguientes fármacos: Ciclosporina A o tacrolimus (FK506), azatioprina, mofetil micofenolato y prednisona con o sin anticuerpos policlonales (ALG, ATG) o monoclonales (OKT3), para la inducción.


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