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Enero 2006

Especial cocaína

Impacto económico de los desastres

Durante las últimas décadas ha aumentado la preocupación entre la comunidad internacional por el incremento en el número de desastres y por la tendencia creciente de los efectos destructivos que se concentran en amplios sectores de la población. En consecuencia, los desastres han comenzado a ser vistos no sólo desde la perspectiva humanitaria o social sino fundamentalmente desde el punto de vista económico, fortaleciéndose también la hipótesis de que estos eventos pueden convertirse en un obstáculo para el desarrollo por el impacto económico negativo que significan o que pueden llegar a significar.

Resulta evidente que el gasto que los gobiernos se ven obligados a realizar para la rehabilitación y reconstrucción de zonas afectadas representa casi siempre un sacrificio para los países pobres donde la escasez de recursos es permanente y prácticamente no existen posibilidades de realizar gastos adicionales no programados.

Pero junto con los grandes desastres, que representan importantes pérdidas económicas y de vidas humanas, se encuentran otro tipo de eventos de pequeña y mediana magnitud que se presentan constante y frecuentemente en algunas zonas, y que si bien no son tan espectaculares en términos de la cantidad de daños que puede generar un gran desastre, si tienen importantes efectos para los pobladores de esas regiones por la destrucción de sus principales medios de subsistencia: cultivos de autoconsumo, animales, destrucción de viviendas, interrupción de las actividades productivas, pérdida de fuentes de empleo, daños al comercio y a la prestación de servicios, destrucción o pérdida de bienes materiales y herramientas, etc., y pérdidas sobre la economía de sectores informales.

Con relación al impacto sobre el ámbito local, también existen casos donde los desastres han retrasado o cancelado las posibilidades de desarrollo de algunas regiones por periodos muy largos. Esto se ha dado tanto por la ocurrencia de fenómenos súbitos y de gran intensidad como por la presencia de fenómenos de lento impacto.

En el caso de las poblaciones que permanentemente sufren algún tipo de desastre, la pérdida de los medios de subsistencia puede representar uno de los aspectos más importantes de obstaculización para el desarrollo, ya que cada evento interrumpe la actividad normal y cancela la posibilidad de mejorar esos medios de subsistencia al invertir los pocos recursos económicos existentes en su reposición, que con frecuencia se hace en condiciones menos favorables que las que se tenían anteriores a su ocurrencia.

Cuantificar las pérdidas por los desastres es de por sí un gran reto conceptual y metodológico. Por un lado, es necesario definir qué pérdidas pueden ser atribuidas realmente a los desastres y diferenciarlas de otros tipos de pérdidas relativas al desarrollo. Por otro lado, la falta de datos e información fiable en todos los ámbitos es un gran obstáculo para describir y analizar las pérdidas causadas por los desastres y sus repercusiones en el desarrollo. Tal vez ésta sea una de las razones por las cuales los responsables de formular políticas hayan tardado tanto en actuar sobre el binomio desastres-desarrollo.

Las pérdidas por desastres se clasifican tradicionalmente en:

1. Costos directos: el daño material, incluido el daño al capital productivo y las existencias (plantas industriales, cultivos en pie, existencias, etc.), daño a la infraestructura económica (transporte, suministro de energía, etc.) y daño a la infraestructura social (viviendas, escuelas, etc.).

2. Costos indirectos: trastornos secundarios que afectan la oferta de bienes y servicios, por ejemplo: un menor rendimiento por destrucción o daño de las instalaciones o infraestructuras, y la pérdida de ganancias por las menores oportunidades de generar ingresos. El corte de los servicios básicos puede acarrear serias consecuencias, por ejemplo la interrupción de las telecomunicaciones o la falta de agua potable. En los costos indirectos también se incluyen los gastos de salud y la pérdida de productividad por enfermedades, incapacidad y fallecimiento. Sin embargo, el costo indirecto bruto también se ve compensado parcialmente por efectos positivos relacionados con los trabajos de rehabilitación y reconstrucción, como por ejemplo la reactivación del sector de la construcción.

3. Efectos secundarios: son las repercusiones a corto y largo plazo de un desastre en toda la economía y en las condiciones socioeconómicas; por ejemplo: el desempeño fiscal y monetario, la cantidad de viviendas y el endeudamiento externo, la distribución de ingresos y la magnitud e incidencia de la pobreza, las consecuencias del traslado o la reestructuración de ciertos elementos de la economía o la población activa.

Los datos registrados sobre el costo de los desastres generalmente se refieren a los costos directos. Es posible que, en el mejor de los casos, las cifras sobre el verdadero costo de las repercusiones indirectas y secundarias aparezcan después de varios años de ocurrido el desastre.
Es necesario que transcurra el tiempo para advertir el ritmo real de la recuperación, y determinar la naturaleza de las consecuencias indirectas y secundarias.

Si bien los datos sobre la mortalidad humana son relativamente precisos, la información sobre las pérdidas económicas y el deterioro de los medios de vida es generalmente incompleta o inexacta.

Durante la última década los daños causados por los desastres se han estimado en 67 billones de dólares por año como media, con un máximo de 230 billones y un mínimo de 28 billones. El coste económico asociado a los desastres naturales se ha multiplicado por 14 desde 1950.

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