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Su niña bonita, la Casa de las Ciencias, acaba de cumplir 20 años. Y él mira al futuro convencido de que la necesidad de información sobre ciencia y tecnología seguirá aumentando y los museos tendrán un papel clave para poder dar respuesta a esa creciente preocupación social, reflejada en casos como el de la gripe aviar. Ramón Núñez Centella, director de los Museos Científicos Coruñeses, recurre a la actualidad como ingrediente para perfeccionar su particular fórmula de la divulgación científica. Una receta que combina su vocación de maestro y su visión de la ciencia como una filosofía de vida, sin la cual no nos podemos considerar cultos.



Pregunta. En primer lugar, felicidades por estos veinte años de éxito.
Respuesta.
Para mí, el haber cumplido veinte años es una satisfacción muy grande, es algo que cuando nació la Casa de las Ciencias no se te pasaba por la cabeza. Cuando veías que la gente formaba colas para un nuevo programa de planetario, una conferencia o lo que fuera, te dabas cuenta de que había una demanda social hacia ese tipo de iniciativas. Entonces, recuerdo que un día pensé "ojalá que cuando termine este siglo (esto era en el 85, cuando habíamos inaugurado), pueda haber un centro como éste en cada comunidad autónoma".

P. Eso más o menos ya se ha conseguido.
R.
Sí, y es muy bonito. Todavía falta un centro en Baleares, y Extremadura me parece que tampoco tiene en este momento. Pero el resto de las comunidades sí, y en algunas incluso hay varios. La aparición de casi dos docenas de centros de divulgación, unos públicos y otros que dependen de entidades de crédito, es la realidad más positiva y optimista del veinte aniversario.

P. ¿Es su mayor satisfacción, repasando estos veinte años?
R.
Hombre, sí, por lo que significa conceptualmente. En los congresos de comunicación social de la ciencia insistimos en que la ciencia es cultura. Ahora bien, ¿cuándo eso que eran palabras fue carne, fue realidad? Pues ocurrió por primera vez cuando se creó la Casa de las Ciencias, que fue cuando el Ayuntamiento de La Coruña decidió dedicar parte de su presupuesto de cultura a una iniciativa de divulgación científica.

P. Aquello de dedicar dinero municipal de cultura a la ciencia, ¿causó polémica?
R.
Sorprendió a mucha gente, que decía: ¿pero eso es competencia municipal? Y claro, si lo es una orquesta o una banda de música, un certamen de cine o unos juegos florales de poesía, ¿por qué cuestionarse crear un centro de divulgación científica? Después de la Coruña otros ayuntamientos y comunidades autónomas crearon sus museos. Ya no repugnaba el dedicar presupuestos de cultura a la ciencia.

P. Hace veinte años soñaba con que hubiese un centro de divulgación científica en cada comunidad. ¿Se imagina ahora qué pasará dentro de otros veinte?
R.
La verdad es que el futuro no se imagina, el futuro se hace, se construye. Y precisamente lo interesante del futuro es que es impredecible.

P. ¿Y si en vez de un vaticinio le pido que exprese un deseo?
R.
Quiero pensar que, en general, los recursos de información científica tendrán que incrementarse porque la demanda de la población va a ser mayor. Ahora tenemos un fenómeno como el de la gripe aviar (o aviaria) y comprobamos que es una situación que causa inquietud y que plantea preguntas a la gente. También me gustaría pensar que el papel de la escuela cambiará dentro de veinte años. En estos últimos veinte años no ha cambiado nada.

P. ¿Qué necesita saber la población para manejarse con la gripe aviar?
R.
Hoy la gente habla de si se puede tomar mayonesa con huevos frescos o no, porque nos dicen que los virus se destruyen con el calor. La población se hace preguntas sobre los virus, sobre su fragilidad y composición... ¿Esto es aprender biología? No solamente eso, sino también que la ciencia tiene unas fronteras de conocimiento determinadas. Hasta aquí sabemos y a partir de ahí no podemos asegurar nada.

P. Eso de que no podemos asegurar nada, ¿no genera una desconfianza en la ciencia?
R.
Es una oportunidad para aprender que dentro de la ciencia son posibles posiciones discrepantes. Hay expertos que aseguran que una vacuna de la gripe humana te puede proteger en parte, mientras que otros dicen que no. Eso está contribuyendo a la educación científica de la población. O sea, la gente está entendiendo lo que es la ciencia real, y no aquella ciencia infalible, inmutable, intachable, poseedora de la verdad, que podía estar en los libros de texto.



P. ¿Es posible informar sobre la gripe aviar sin alarmar a la población?
R.
Es muy difícil, pero es imprescindible hacerlo. No hay otra alternativa. El silencio nunca es solución. ¿Que se crea una incomodidad? Bueno, pues que se resuelva la incomodidad. Hay que ser prudente, ser objetivo, y también a veces hay que ayudar a relativizar las cosas. ¿Va a morir gente con la gripe aviar? No lo sé, pero con la gripe común seguro que sí.

P. Lo más incómodo en este caso es que, según algunos epidemiólogos, no tenemos manera de valorar si realmente hay un riesgo grave de que esta gripe aviar derive en una pandemia de gripe humana.
R.
Tampoco podemos valorar un millón de cosas y no nos pasa nada. Hay un matiz de la educación, que ahora está muy en boga y en el que creo que habría que profundizar, que es la educación en el sentido del riesgo. Una persona está sometida continuamente a un montón de parámetros de riesgo: al cruzar un semáforo, al montar en un coche, al coger el avión. Incluso al quitarte la chaqueta cuando estás sudando hay un nivel de riesgo de que cojas un resfriado.

P. O sea, que lo que nos queda es aprender a vivir con ese riesgo.
R.
Sí. Exactamente. El riesgo cero no existe. Entonces tú tienes que ser consciente del nivel de riesgo de cada una de tus actuaciones y así es como vas por la vida con más probabilidades de salir adelante y de ser feliz. Ahora, si crees que vives en riesgo cero, estás equivocado.

P. ¿Es una tarea de los museos de ciencia responder a las inquietudes que generan temas como la gripe aviar?
R.
A mí me parece que sí. Porque los museos permiten muchos vehículos diferentes: conferencias, exposiciones, talleres, publicaciones, etc. Y porque ya hay museos que toman iniciativas en ese sentido. En los Museos Científicos Coruñeses hemos editado una monografía de comunicación científica sobre la gripe aviar, que se entregó de manera gratuita con los periódicos locales, y es la sexta de una serie que ha tratado temas como las vacas locas, la clonación o las antenas de telefonía.

P. ¿Tienen los museos agilidad para hacer de mediador en la vorágine informativa?
R.
No sé quién podría tener más agilidad. Quizás un medio de comunicación, y de hecho hay medios de comunicación que lo están haciendo muy bien. Lo que ocurre es que no hay por qué pensar que unas iniciativas sean excluyentes de otras. Cuantas más haya, llegaremos a más público y la gente tendrá oportunidad de contrastar, de formarse su propia opinión.


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